CEREBRO ADICTO
Durante gran parte del siglo
pasado, los científicos que estudiaban el abuso de drogas trabajaban a la
sombra de poderosos mitos y conceptos erróneos acerca de la naturaleza de la
adicción. Cuando los científicos comenzaron a estudiar el comportamiento
adictivo en la década de 1930, se pensaba que las personas adictas a las drogas
carecían de moral y de fuerza de voluntad. Estos puntos de vista moldearon las
respuestas de la sociedad ante el abuso de drogas, tratándolo más como un
fracaso moral que como un problema de salud, lo que llevó a poner énfasis en el
castigo y no en la prevención y el tratamiento. Hoy en día, gracias a la
ciencia, nuestros puntos de vista y nuestras respuestas ante las adicciones y
otros trastornos causados por el consumo de sustancias han cambiado
drástica-mente. Los innovadores descubrimientos sobre el cerebro han
revolucionado nuestra comprensión del consumo compulsivo de drogas, lo que nos
permite abordar el problema de manera eficaz.
Como resultado de la investigación
científica, sabemos que la adicción es una enfermedad que afecta el cerebro y
la conducta. Hemos identificado muchos de los factores biológicos y ambientales
y estamos comenzando a investigar las variaciones genéticas que contribuyen al
desarrollo y al avance de la enfermedad. Los científicos usan estos
conocimientos para desarrollar enfoques eficaces de prevención y tratamiento
que reduzcan el impacto negativo que el abuso de drogas causa en individuos,
familias y comunidades.
La adicción a sustancias de abuso
es una constante de las problemáticas sociales desde hace cientos de años.
Puede que los estereotipos y los prejuicios nos hayan cegado durante mucho
tiempo respecto a la naturaleza de este problema, impidiendo que nos
centráramos en su origen: nuestro cerebro.
Hagamos un experimento: mire a
este punto • y piense usted, durante unos segundos, en la imagen de una persona
tremenda mente adicta a las drogas. ¿Ya? Veamos… ¿ha pensado usted en una mujer
de traje que, tras acabar de comer en un restaurante de lujo, se enciende un
cigarrillo? ¿no? Qué raro, porque uno de cada tres españoles mayores de 16 años
fuma a diario. Cabría pensar que, siendo el tabaco un producto de reconocidas
capacidades nocivas, nadie en su sano juicio se sometería varias veces al día a
su influencia… pero en el año 2000 se consumieron en nuestro país cerca de 2500
cigarrillos ¡por persona! ¿Cómo puede darse tamaña contradicción? ¿Además de
unos viciosos los fumadores son todos idiotas? Estadísticamente no es probable,
pero hay una explicación bastante más plausible: los adictos son enfermos y la
adicción es una enfermedad.
Para ser más exactos, el consenso
científico a día de hoy es que la adicción es una enfermedad del sistema
nervioso central que se expresa en un comportamiento compulsivo que, muchas
veces, deteriora la salud del adicto. La mala noticia es que ya no podemos
desprendernos del problema alegando que los adictos son unos viciosos y que
pueden elegir entre serlo o no. La buena noticia es que tal vez tenga una cura.
Y esto es importante: nuestro cerebro es el sustrato de nuestro comportamiento,
y la suma de comportamientos individuales es lo que da lugar al fenómeno
llamado sociedad. El consumo y la adicción a las drogas alteran el
comportamiento de los individuos y esto tiene, en muchos frentes, consecuencias
nocivas para la sociedad. Por tanto, comprender la neurobiología de las
adicciones a nivel individual es clave para solucionar el sinfín de problemas
que ocasionan las drogas en el conjunto de individuos.
¿Qué lleva a una persona a
consumirlas? Se puede resumir en dos puntos: para sentirse bien o para sentirse
mejor. Mucha gente las consume para tener nuevas y satisfactorias experiencias
y para compartirlas con otra gente; muchas otras personas las consumen para
aliviar la ansiedad, la depresión, los miedos o las preocupaciones o,
simplemente, para calmar. Es decir, las drogas se consumen porque nos gustan
los efectos que tienen sobre nuestro cerebro.
Esto es importante: ¿cómo causan
las drogas efectos sobre nuestro cerebro? En general podemos decir que son
sustancias con una propiedad muy especial en común: la capacidad de interactuar
con la bioquímica de nuestro sistema nervioso central causando efectos
agradables. Se podría decir que hacen cortocircuito en los circuitos cerebrales
del placer, generando sensaciones y sentimientos de euforia, relajación,
bienestar o incluso amor… que no están asociados a otro comportamiento o
estímulo que el propio consumo y el entorno en que se produce. Ya tenemos la primera
fase; el inicio de la adicción, que tiene su pilar maestro en el placer que nos
causa como humanos el consumo de drogas y que se manifiesta en un
comportamiento aprendido y repetitivo. Lo realmente calamitoso, la clave a todo
este asunto, es que el placer no está ahí de casualidad, sino que es la manera
que tiene nuestro cuerpo de decirnos que algo nos hace bien. Es el llamado
sistema de recompensa: repetimos lo que nos da placer porque es bueno para
nuestra supervivencia. Por ejemplo, sentimos placer al comer, al dormir bien,
al tomar el sol y al estar con nuestras personas queridas. Por tanto, los
circuitos cerebrales del placer están íntimamente imbricados con los de las
emociones, la motivación y la actividad motora, con los controles de nuestra homeostasis
y con la memoria. El sistema de recompensa implica numerosas áreas y vías
cerebrales; cada droga puede actuar en una o varias de las etapas del proceso,
aunque la mayoría de ellas tienen en común que inundan el cerebro de dopamina,
el neurtransmisor central en el mecanismo de placer-recompensa.
La memoria es especialmente
importante para la segunda fase: la consolidación de la adicción. Al principio,
el consumo de drogas es un acto voluntario y placentero. Sin embargo, nuestro
cerebro va memorizando el camino al placer: las sustancias, el modo de
obtenerlas y todo lo que rodea a su consumo. Todos estos recuerdos tejen una
trampa mortífera, ya que están asociadas a un placer directo y con un origen
muy concreto. La sola mención de la sustancia o la exposición a las “pistas”
que la rodean (objetos, personas, lugares) pone en marcha la maquinaria del
deseo. Además existe la llamada tolerancia: a más consumo, mayor cantidad de
sustancia se necesita para producir el mismo efecto, creando una espiral sin
fin.
La adicción ha llegado para
quedarse: altera de forma duradera la estructura del cerebro y por tanto su
función. El cerebro de los adictos es estructuralmente distinto al de los no
adictos. Los procesos motivacionales se convierten en títeres del consumo: hay
serias dificultades para controlarlo y se prioriza sobre otras muchas cosas, a
veces sobre todas las demás facetas de la vida. Y se recae fácilmente tras una
abstinencia. El síndrome de abstinencia es la demostración de fuerza del ansia:
desde un ligero malestar, pasando por cambios en el carácter hasta llegar a un
verdadero infierno físico y psicológico.
Así llegamos a la siguiente fase,
las consecuencias de la adicción. El consumo de drogas pasa diversos tipos de
factura, y pocos se libran de pagar alguna si no logran atajar su
comportamiento compulsivo. El sistema de recompensa está “pirateado” y el
sujeto seguirá adelante con su comportamiento a pesar de las consecuencias
físicas, psicológicas y sociales que tenga (ver recuadro).
Pero no todo está perdido. La
última fase de la enfermedad de la adicción podría ser su fin, y con éste el
fin de las calamidades que comporta. Cada día es mayor el conocimiento que se
tiene de estos procesos. El hecho de que los circuitos de la adicción tengan
tantas conexiones también significa que hay más dianas potenciales para
posibles tratamientos. Se puede intentar reducir la “recompensa” que nos dan
las drogas. Por ejemplo, se investiga la eficacia de la naltrexona para dejar
el alcohol o la posibilidad de desarrollar vacunas contra la cocaína (generando
anticuerpos que la impidan llegar al cerebro). También se puede interrumpir el
ciclo de memoria y refuerzo; en esta línea trabaja el equipo del profesor Barry
Everitt en la Universidad de Cambridge (UK). Experimentando en ratas,
localizaron una proteína en la amígdala (llamada Zif268) esencial en la
reconsolidación de los recuerdos asociados al miedo, por ejemplo una luz roja
que se enciende a la vez que se les aplica una descarga eléctrica. Después
descubrieron que la inactivación de esta proteína (mediante la inyección de
otra proteína que anula su acción) impedía que las ratas consolidaran ese
recuerdo: la luz roja ya no las paralizaba esperando la descarga. Y después de
eso, descubrieron que sucedía lo mismo para los recuerdos asociados al consumo
de drogas. Es decir: el bloqueo de zif268 podría se una vía terapéutica para
tratar la adicción, especialmente en las primeras fases de consolidación y en
la recaída. Aún queda mucho por entender, desde el peso de la memoria en la
enfermedad hasta los mecanismos neurobioquímicos subyacentes, pero es una
promesa de futuro.
Pero las intervenciones no son
únicamente farmacológicas. Está comprobado que el refuerzo motivacional aumenta
mucho las posibilidades de recuperación: puede que recompensar a los adictos
por dejar de consumir suene estúpido, pero a la larga podría ser mucho más
barato que tratar una adicción crónica o las consecuencias de la misma. Incluso
un breve refuerzo, como alabar los esfuerzos o un seguimiento a distancia
mediante un programa de ordenador, han demostrado tener impacto en la
recuperación. La terapia familiar, el apoyo social… todo cuenta. Lo importante
es darse cuenta de que la adicción es una enfermedad nerviosa y no moral, y que
por tanto puede tener un tratamiento y una recuperación; encontrar este
tratamiento es beneficioso para la sociedad en su conjunto. Una última
pregunta: ¿negarían el tratamiento a un diabético o las posibilidades de
investigar dicho tratamiento por el hecho de que los diabéticos podrían haber
controlado mejor sus hábitos alimenticios? Ahora sustituyan diabetes por
adicción.
Hola Jenny
ResponderEliminarmuy buen trabajo
saludos